Lo que aprendí trabajando con Patek Philippe en Miami
Miami me recibió con sol, humedad… y una agenda frenética. En cuatro semanas debía entregar 42 looks para un evento de alto estándar, con bailarines que jamás había visto en persona. Las diferencias de medidas entre Chile y Estados Unidos hicieron que los primeros ajustes fueran una carrera contra el reloj, pero el equipo local me ayudó a resolver con rapidez y profesionalismo.
Cuando vi los primeros trajes puestos en las bailarinas, entendí que todo había valido la pena. El cliente —que había estado involucrado desde las primeras ideas— estaba feliz. Las reuniones virtuales previas se habían transformado en realidad tangible, y el feedback fue tan positivo que me permitieron compartir parte del resultado final, algo poco común en este tipo de colaboraciones.
Para Dugal, también fue una primera vez: nunca habían producido vestuario en sus eventos, y haberlo hecho conmigo, desde Chile, fue una apuesta que resultó ser un éxito. No solo cumplimos con los tiempos: superamos expectativas.
Y yo, como diseñador, confirmé algo que ya intuía: la internacionalización no es solo un hito profesional. Es una transformación interna. Una nueva forma de entender lo que haces, para quién lo haces, y hasta dónde puedes llegar.